Con inmediatez Shepard

Yo rompía el tiempo sin saber ni qué hacer, ni a qué carta quedarme. Cualquier cosa que tenga un título relacionado con el Motel Chronicles, San Francisco y con 1982, tiene rollo y miga. Nada tiene que ver con esas moscas diminutas, esas no son moscas jóvenes sino moscas que no se han nutrido lo suficiente en su escenario larvario. Y no era el caso.

La identificación de un boulevard es algo bello, tan sencilla palabra, tan fina galería de caminos y calles. Como una playa y una flor. Los nuevos humanos, los viejos tiempos y los tiempos salvajes. Los tiempos se acercan a su despedida. Unos cotejando el apagón, otros poniendo escalones. Después de Sam, antes de Sam.

Un día mi buen amigo de frente sólida y objetivo difuminado, el fotógrafo madrileño oriundo de A Coruña y padre de mi ahijado, me acercó a la mesilla de su casa un vaso de agua, una pastilla relajante para combinar con el vaso de agua y un libro de Sam Shepard.

Han pasado decenas de semanas desde entonces y hemos finiquitado el pasado por la inmediatez del presente. Cerrando cajones de papeles escritos llenos de desesperación y fotografías para siempre. Si no sabes compartir el ahora poco importa el antes y no escuchas el después. Hasta la próxima viejo Sam.

Historias lejos del rancho de Matt y Leroy, aquel Rancho Hollister que debió ser plasmado en alguna colección de relatos compacta. Kilómetros entre moteles hasta llegar ahí con “El mapa y el territorio” del denso de Houellebecq.

Cuervos dispersos y enormes, surcaban la atmósfera gris. Nadie hablaba en el line up (con permiso de Jed y Michel), hasta los niños y los ancianos estaban tranquilos, y poco a poco les invadió una especie de paz.

Tan solo agosto producía vacío al surfista, la soledad del que busca energía y encuentra un parking repleto de matrículas capitalista y ningún motel con sitio libre.

Sam, bien sabías que la mayonesa te podría matar en agosto, por ello nunca salías de casa sin cartera por si debían identificar aquel supuesto cadáver.

Solíamos cantar viejas canciones de Agent Orange y Hank Williams, temas muertos para el mundo.

Nuestras tablas de surf eran Spectrum de la costa este Florida y de la desgraciada Irma. Nuestros cables con velcro color funda de muela de abuelo eran de la marca Balin.

Pocos conocían a Sam, menos a Craig Bobbit. Hacía frío y la sudadera Gordon & Smith hacía su trabajo a la vez que las chancletas Flojos amortiguaban mis pies mientras introducía la tabla de quillas fijas con grip brasileño Trintapés en la acolchada funda Toucan. Era un septiembre en sueños el expediente por cubrir era atronador como confuso.

Era la hora, lo decía el reloj Freestyle. Todos sabíamos que el tiempo era tramposo y no tenía remordimientos, acabaría con nosotros. El señor Álvarez me miró con los párpados a media asta. Era casi martes y la vejez esperaba al viernes.

¿No era hoy? De hecho, Sam sigue en la carretera. Dominando el pueblo desde la montaña. Los altos vuelos y las comidas pantangruélicas acabarán con el viejo Sam.

Y a mi qué. Difícil asimilar que ya no anden por ahí Ángel Nieto, Harry Dean y Ronnie Burns.

Arizona, la bebida. Estábamos todos en Arizona. Volveremos todos inmediatamente atrás. París, Texas. Lejos del mar.

Sigo rezando para que pongan un programa doble:
Conspiración de silencio y Veracruz.

24/4/1981

Santa Rosa, CA.

Yo rompía el tiempo sin saber ni qué hacer, ni a qué carta quedarme.

Para habernos matado, Sam. A cualquiera le dejan vivir en un rancho y pagar el recibo de la luz a plazos. Algún día tendré un neopreno Lanty rosa palo, amigo Sam.

Jaji Iglesias

Jaji Iglesias

Co fundador de Cerveza Salada, columnista y editor.

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