Inconformismo occidental

Castillos de Arena
Una vida ajena nos resulta falta de inquietudes si está acomodada sobre aspectos que nos resultan básicos. Entendemos pues, que cuando una persona se conforma con lo que tiene es alguien de naturaleza simple. Reacciones del inconformismo. ¿Qué significa el “cuanto menos tienes, menos necesitas”? y ¿“el infeliz es quien no aprecia y valora lo que tiene” ? ¿Qué nos pasa?

Nos proponemos nuevos retos imaginando un final que nos mantenga en equilibrio. Sin embargo, los acontecimientos suelen progresar sin ajustarse del todo a esa realidad imaginaria y en la mayoría de los casos de una forma totalmente opuesta. Esto provoca que sigamos buscando y dudando. Se produce el inconformismo y cambiamos de rumbo.

Y si todos nuestros propósitos, aquello que anhelamos y buscamos para sentirnos realizados, completos, se cumplieran según lo planeado… seguiríamos sin conformarnos, porque siempre querremos más. Más ropa, más viajes, más noches de fin de semana, más tiempo, más atención, más sexo…¿hay límite? ¿consumimos de forma innata o nos educaron?

Viajamos al tercer mundo buscando una felicidad basada en la sencillez, volvemos creyendo haber visto la luz y se produce un cambio en nuestras respuestas tan fugaz como el moreno de playa. Entonces, ¿qué?

Entiendo que el consumismo está estereotipado, visualizamos una masa de gente acudiendo a la llamada navideña de El Corte Inglés, pero ese es sólo un consumo material. También existe el sentimental y está a la orden del día.

Estudiantes que han estado en Londres mientras sus padres les pagaban el alquiler y vuelven de vacaciones porque lo que no quieren es agobiarse. Siguen en contacto con su ex con Wasaps y mails que borran de las bandejas de entrada cuando ya están con otro/a.

Azafatas que dan biberones, comparten sábanas y SMS de quinceañeros con promotores de anulares anillados. Rumanas de Club capacitadas para que colegones ya emparejados agoten minibares y gramos de coca con su “servicio de lujo y discreción”. Y lo enamorado que siguen algunos de sus mujeres hasta que suena el telefonillo. Perdidos.

Los hay que apuestan por el hijo como paso afianzador o como muñeca de Famosa o como punto de agarre a algo ya roto. Otros prefieren esperar a entorpecer su prometedora carrera profesional y el disfrute individual. Además, según las estadísticas, no son más felices los padres que aquellos que no lo son. Sin embargo, la ausencia del compromiso familiar que entonces ligaron al éxito profesional, puede abofetear después con una sensación de soledad y vacío. Hay hijo.

Matrimonios veteranos que alcanzaron el éxito referido a la estabilidad profesional, la educación de sus hijos y el disfrute de ese bienestar que otorgan tres coches, una cocina equipada, un buen sofá, una pantalla de plasma y que luego en casa respiran un ambiente de hastío y la risa…¿qué risa?  ¿Follarán?  Se preguntan a veces sus hijos cuando vuelven de Londres.

Por último, está esa pareja de ancianos que comparte más de cincuenta años de matrimonio. El extranjero lo conocen poco, apenas han montado en avión para ir a Mallorca. No tienen Internet, ni conocen la cocina de autor. Los conciertos en los que han estado eran de fiestas patronales y no están al día de la cartelera. No hablan idiomas, tampoco van a la moda. Les preocupa más el precio de los kiwis en el mercado que el de las New Balance. Anteponen un crucigrama a un Gin Tonic bien preparado en la terraza de moda y son más felices que las azafatas y los promotores, más que los padres del confort y sus hijos que estudiaron en Londres, pero ellos saben mucho del autocontrol y del consumo regulado.

Jorge Noguerales
http://www.jorgenoguerales.com/

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