Hay días en los que el ser humano apenas parece un suspiro. Caminamos con la ilusión de permanecer, levantamos nombres, casas y recuerdos, pero el tiempo termina por volver liviano todo aquello que creíamos eterno. Somos una breve oscilación entre dos silencios.
Entonces miras el mar.
Bajo su superficie continúa una vida que no necesita de nuestras certezas. Los peces siguen su rumbo, las corrientes escriben caminos invisibles y las algas se mecen con una paciencia que desconoce la prisa. Allí, donde nuestra voz apenas alcanza, la existencia sigue respirando sin pedir permiso.
Quizá la melancolía nazca de comprender esa diferencia: nosotros contamos los días, mientras el mar solo conoce el movimiento. Nosotros tememos desaparecer; él transforma cada pérdida en una nueva forma de vida.
Y, sin embargo, hay algo hermoso en nuestra levedad. Tal vez el valor de una vida no esté en durar, sino en ser capaz de detenerse un instante frente al océano y reconocer que pertenecemos, aunque sea por un momento, al mismo mundo que las mareas, las aves y las criaturas que nadan bajo la espuma.
Con esa certeza, tan frágil como una ola que llega a la orilla y se desvanece, el fin puede ser un plato de pulpo y una birra.


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